domingo, 30 de junio de 2013

Tatuajes

Salimos al amanecer frío de este primer viernes de junio para el hospital Italiano, mi compañero cargando la consabida mochila negra y el portafolio azul del instituto Rossi con todas las imágenes de mi dolencia. Subimos al auto que como excepción estaba pronto y nos largamos al comienzo de esta tercera etapa, la tan mentada radioterapia.Yo estrenaba el mundo y un sol tan firme y tan tibio aparecía entre los árboles neblinosos de Campo de Mayo que no pude dejar de sentir el instante como sagrado.Castigaba fiero la cola interminable de luces por adelante, viajábamos seguramente cada uno pensando cosas distintas, avanzábamos sin corrernos para atrás. Me topé con San Martín, un lugar completamente derrumbado para mí. Enormes edificios vacíos, las bolsas y la basura adueñándose de las esquinas. Me dolía la sombra de esos seres mal queridos y peor paridos deambulando por la penumbra que acorrala con el anuncio de un nuevo día.¡Ay, pobrecitos mis hermanos, que valen menos que los carteles de Se vende/ Se alquilan que los escoltan!. No comerán,  me digo. Todas las parrillas, bolichones mal entrazados, comida al paso están cerrados. Tampoco hay un mango, viejo Gomez, pa' gastar en fritangas.Ya no hay ni para remedio un brazo fraterno, ni una mano graciosa que salude a nuestro alrededor. Pasaban las enormes estructuras con la pintura descascarada, rotos los vidrios del segundo y tercer piso. La vida brillaba por su ausencia, sin honor con carne y hueso a la intemperie. La avenida Corrientes me salvó de Marginalia y desembarcamos en Mevaterapia. Allí, después de la tomografía de rigor y a puro pecho desnudo, sobre una  cama de madera lisa y pelada, marcaron con tinta china y de a dos los puntos adonde focalizarían los rayos.    
Al salir no podía dejar de pensar en la nena que me había precedido, delgadita como un tallarín, pelada como yo, pero con una hidalguía desconocida para mí aun en los días de gloria.