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domingo, 29 de diciembre de 2013

La mesa del comedor - Los comensales


Pocas eran las mujeres, quince o veinte, sin tiempo en sus rostros, algunas iban cansadas y despeinadas con sus niños a cuestas, otras con un tapercito para llevarse la mitad para la cena- cosa que no se podía-, una de anteojos se quejaba sin ser oída: la comida tiene mucha sal. Todas con bolsas de plástico mugrosas y trajinadas que apoyaban sobre sus faldas grises y desteñidas. Se sentaban en una misma mesa, entre ellas cruzaban una que otra palabra, clavaban los ojos deslucidos en el plato y en silencio soñaban con la vida que podía ser muy bella.
Más ruidosos, gastándose bromas entre ellos, cumplían con el rito -al igual que las mujeres- de hacer la fila, lavarse las manos de uñas sucias y mochas con detergente. Luego recibían el pan, los cubiertos en un jarro de plástico antes de entrar al comedor amplio y ventilado. La voluntaria con sorpresa recibe los jarros de vuelta con un: perdone, doñita, pero yo este color no quiero. Desde ese día se cuidaría muy bien de ofrecer jarritos rosados a los varones del comedor.
En la cara de los viejos se constataba la derrota del mundo entero, los pelos sucios y raídos y un olor a viejo que inundaba el aire, compitiendo con los otros olores, el de los cuerpos que no estaban para nadie, solo para comer, parecían envases andrajosos y vacíos. Algunos formaban grupos y era un gusto de ver cómo conversaban entre ellos, sin esperar que algo cambie -solo les quedaba gemir, suplicar,pedir algo de beber-. El decorado de la vida de los jóvenes era más bien triste, sin familia, bah...ahí nadie aparentaba tener quien lo cuidara, ni primer año con quien celebrar...Solo desamparo y calle, con distintas direcciones, tendrían que inventarse una vida uf... si podían. Así todos fatigados en el cansancio de la espera de la mano demorada desconociendo tal vez que si nos unimos los pobres otros tendrían que esperar. No sé lo que daría por saber qué piensan ellos de nosotros.

        

domingo, 11 de agosto de 2013

Ahora que no estoy en la escuela

"Agua que corriendo vas
Por el camino florido
Dáme razón de mi ser
Mirá que se me ha perdido."
 Copla aracuyana

Quería ser una directora... lo fui, no sé si al modo en que la escuela lo necesitaba, pero siempre desde el entramado social de las diferencias y del que no puede avanzar en José C. Paz y con el dolor cotidiano de escuchar como respuesta de mis chicos: fui al centro, a San Miguel, a mirar celulares. Y mi consabida diatriba de que San Miguel no era el centro de ningún lugar, que ellos le asignaban esa categoría porque cruzaban una avenida, un límite geográfico en definitiva; pero también sabiendo que acá estaban las luces multicolores, las mariposas de papel, ese ensordecedor ruido a fiesta, fiesta, ¡ay, qué linda que está la fiesta, mamá! Entonces haciendo mías las palabras de Drexler, me decía, las fronteras se mueven como banderas, y con ellas las personas y la mirada. Y continuaba en la resistencia, rechinando suavemente los dientes, porque el mundo tampoco lo tiene en cuenta... poco le importa.
Y también por esta cuestión de las utopías que le dicen, que se corren dos pasos adelante cuando avanzás o creés que avanzás dos pasos... y esta búsqueda constante de comprender lo hecho para validar lo dicho y salir del acá siempre lo hicimos así,  por esta comodidad que a veces nos gana , la del pensamiento lineal, digo.Cuestiones que resuenan ahora en mi memoria, ahora que no estoy en la escuela.

lunes, 1 de abril de 2013

Las etiquetas son inmortales

Y
 salen 
sonrientes
 de la muerte
       y con un       pelotón por 
           fondo, ordenan,        pregonan a los gritos: 
           hay que etiquetar.                                  Hay que tener 
             (así como D.de N. y U.)                                               un norte y un sur,
                el norte no puede ser el sur,                                          unos, arriba, yo + vos 
                  = nosotros = abajo, como                                          la ley del padre Gramajo. 
                Realizo un esfuerzo heroico                                                 por ir olvidándolas
                ya que se llevan mi aire,                                         la luz (detesto la oscuridad)
                las cosas queridas. Entonces                                         grito fuerte y lastimero:
                 que venga un viento cargado                                            de algodón chaqueño, 
                 de ésos que queman los                                   dientes, derriban los consabidos 
                 muros y se lleve todas,                                                 todas y cada una de las 
e
ti
que
tas 
pesadas 
como párpados.
    ¡Ojos de cielo,          no me abandones!
        Hoy necesito                                aquella promesa: 
         "He aquí que hago        nuevas                   todas las cosas".
O. K.