lunes, 3 de marzo de 2014

Continuo

En el sueño aparecía la escuela arcaica, la de Marcos, la de Pedro y los chicos de la primera promoción de hace un cuarto encendido de siglo. Se respiraba un aire fresco y de libertad sin nombre, preparábamos una jornada con padres, cada una trabajábamos en un aula, serían los lugares de la muestra socio-comunitaria. En una, cegada por la luz, estaba Verónica, armando con buen gusto la sala de dulces y confituras italianas. Las chicas, primorosas, con delantales negros a lunares diminutos; en otra aula, Mónica con los varones memoriosos preparaban jugos, ensaladas de frutas locas y tiernas y jugos tropicales sin lamentos por muerte de amor, ni corazones partíos, venga, Gladys, pruebe y sin alcohol, qué ricos, qué entregados, me decía mientras los salvajes me miraban con afecto...Después me llamaban al patio de tierra arbolado, donde en un agujero una alumna se frotaba las piernas, temblaba y se frotaba contra las paredes del pozo.Con el corazón encogido la abrazaba, respirá hondo, tranquila, ya te sacamos. Con mi pollera la limpiamos. Con tiras de las remeras hicimos  vendas y la pusimos de pie justo cuando llegaba el preceptor diciendo la hora terminó, hay que volver a las aulas. Sin tiempo de protestas encararon para los cursos. Yo me limpiaba la tierra de los brazos y me lavaba los pies. Había perdido los zapatos en el camino.