domingo, 7 de abril de 2013

Cuarto ciclo

En el consultorio, mientras redactaba las órdenes de rutina para la enfermera de turno, el oncólogo decía:
-Gladys, me llevo todas las imágenes -después que las hubo taladrado una y otra vez con sus cuatro ojos inquisidores como lápidas- para estudiarlas con el equipo del Roffo, porque yo tengo un problema. El jueves próximo le digo cómo seguimos -y ahí quedé erosionándome con la angustia que no me abandona. Me asaltó la misma sensación límpida y recién estrenada que me penetraba hasta los tuétanos de cuando tenía seis años y al otro día desenterraba la semilla plantada el día anterior para ver si ya tenía raíz. Si no lo cuento me muero...
Después bajamos, mi compañero, mi hija y yo. En el boxer para la quimio, atada a la máquina, previa frescura que te inunda como un bálsamo de flores, comienza el pasaje mecánico y en dirección a la vena del brazo izquierdo justo en el canto de la muñeca inmóvil con la mano abierta entonces me siento más vulnerable que de costumbre y no hay luna chaqueña que me salve... la  más pobre de  todas las pobrezas, también la de la salud y recuerdo el verso de Cardenal: Bienaventurados los pobres porque de ellos será la luna, oculto mis lágrimas porque yo creo en la vida después de la muerte,  pero todavía quiero quedarme un rato más y hasta tengo miedo del diminutivo ratito, aunque midiéndolo vs. eternidad es y será un ratito, casi felices, con una sed de amor más grande que un río.