lunes, 21 de enero de 2013

Evocación

El día en el Chaco era largo y rendidor. Por el calor agobiante nos levantábamos al alba ya sudorosa y hacíamos las tareas con la fresca. Mi verdadera historia comenzaba después del austero almuerzo, era a la hora de la sombría siesta... donde yo brotaba y me consumía atada al palo de esa hoguera, sin que nadie supiera, era en un cuartito del fondo dentro del galpón donde el abuelo tenía sus herramientas y un banco de carpintería. Allí mis tías apilaban las revistas de todo el año junto con las azarosas novelitas de Corín Tellado. Era mi festín personal  y donde me afirmaba como voraz lectora. Golosamente ordenaba las Vosotras, Para tí y las apasionadas fotonovelas por un lado y los impostergables libros de tapas dibujadas con hermosas jóvenes y príncipes, morochos y de ojos verdes...  me sentía la loba del rebaño y me preguntaba si llegaría la ocasión de un amor desmesurado para mí, aunque yo ya había descubierto un amor esquivo y sin antecedente en mis floridos quince años. Por fin traían a mi mesa el banquete esperado durante un eterno año. Mi papá no me permitía leer revistas cuando iba a la escuela, lo consideraba una pérdida de tiempo, ellas estaban desterradas de mi reino escolar. Sin ayuda las redimía, con un golpe de gracia cocinado al fuego lento de los días con sus noches.