miércoles, 16 de enero de 2013

Otra estampa chaqueña

Y me dormía bajo la caliente luna chaqueña haciendo míos aquellos versos de Gonzáles Tuñón que decían... "subiré al cielo,/ le pondré gatillo a la luna/ y desde arriba fusilaré al mundo,/ para que esto cambie de una vez." Con el primer sol  abandonábamos los catres, recogíamos los petates y a buscar la golosina que invariablemente me dejaba mi padrino, el tío José que todas las tardecitas agarraba su bicicleta y enfilaba para el pueblo, debajo de la almohada. Ya nos refugíabamos en la enorme y fresca galería con pisos de ladrillos que mis tías ya habían baldeado. Allí estaba la mesa gande, rectangular, de madera donde comían los mayores. Los chicos, hasta los catorce o quince años lo hacíamos en una mesa más pequeña que estaba en la cocina,  con cucharones para servirse la preciada agua, cuadrada con los baldes altos y de acero inoxidable para el agua recién sacada del pozo. La señora del lugar amplio y umbroso era la enorme cocina de leña siempre con agua caliente para el mate infaltable  En una habitación contigua estaba la despensa con los barriles de grasa que guardaban los chorizos de la carneada del invierno, la fiambrera, los paquetes de harina, fideos y otras yerbas, separada a la entrada del cuarto estaba el altar de la abuela Jesusa más buena que el pan, andaluza, rezadora, devota de la Virgen del Carmen y ya al final de sus días viajaba  todos lados con el hábito de la Virgen porque esa sería su mortaja, promesa que le había hecho a la Madre si salvaba a mi mamá de las picaduras de las avispas cuando era muy niña. Así fue y la  Señora cumplió y Jesusa también. Rezábamos juntas, le encantaba que le contara la vida de los santos. Me llenaba de gratitud que en el mismo lugar estuvieran el alimento para el cuerpo y el otro. Sentía como en ninguna otra parte que no tenia que tirar mi corazón por la ventana.